Mi primer día

 
No sé qué nombre recibirá aquel a quien le dan una comisión de servicios en esta bendita Consejería de Educación: comisionado, comisionero, comisionista... Me imagino que habrá de todo en los institutos. El caso es que estoy aquí, el día después, de vuelta a un lugar en el que ya estuve hace dieciocho años. En aquel tiempo, como alumno.

 

Siempre he dicho que el día más importante de un profesor es el de su llegada al instituto, porque es el día de las primeras impresiones que, aunque ustedes no lo crean, son las que realmente cuentan. De mi primer día en mi centro de origen, recuerdo siempre el recibimiento del director:

 

-¿Viene usted dispuesto a trabajar? 

 

Aquí nadie me ha preguntado eso. A cambio, me han entregado un sonoro manojo de llaves. Yo les he dicho que no venía por lo de la plaza de conserje, sino más bien por lo de lengua. A unos les ha hecho gracia la ocurrencia y a otros no tanto cuando lo he vociferado entre un coro de desconocidos que estaban apalancados en el bar desde primera hora cantando las mañanitas.

 

Cuando lo he preguntado, nadie me ha dicho para qué sirven tantas llaves. De modo que he decidido investigar por mi cuenta y he empleado media mañana en tratar de descubrir la horma de cada cerradura. He revisado el edificio de arriba abajo. Salvo el trastero.

 

Después de envainar y desenvainar cuantas cerraduras se han puesto a mi alcance, he encontrado funcionalidad a tres de las siete llaves: una pertenece a la puerta del Departamento de Griego (debí suponerlo); otra, a la puerta principal del viejo edificio nuevo (ya les explicaré otro día qué significa esto del “viejo edificio nuevo”); y la última, al aula de audiovisuales que va a ser reconvertida en breve (¡ja!) en aula Merluza (todavía van por los cables) con un montón de ordenadores conectados a Internet. 

 

Al director de este centro lo noto yo muy confiado, entregando llaves al primero que entra por la puerta. En vez de profesor de Griego, yo podría haber sido el gran Arsenio Lupin, que habría aguardado la noche para desvalijar hasta las telarañas. Aunque, si bien es verdad, no hay mucho aquí que desvalijar. Telarañas sí que hay. Ya les contaré. 

 

No obstante, me resulta sospechosa esa abierta generosidad del director con todo el que llega, entregando llaves como floridos collares de bienvenida. Para mí que oculta algún oscuro trato con el de la ferretería. Intentaré investigar otro día qué jaleo es este de las llaves. Me colaré en el despacho del secretario y buscaré entre las facturas. 

 

En fin, que con tanta chatarra en el bolsillo, me empiezo a sentir como el Señor de las Llaves o algo así.

 

-¡Mías...! ¡Las llaves son míiiias...! ¡Mi tesooooro...!

 

Otra cosa muy importante el primer día de trabajo (también lo hice cuando llegué a mi centro de origen) es buscar el sitio adecuado en la sala de profesores. Soy de la teoría de que en las salas de profesores hay que sentarse siempre frente a la puerta, por si acaso. Aquí tenemos dos salas. También dos edificios, dos turnos, dos jefes de estudio... Todo viene servido por parejas. Ya explicaré en su momento la obsesión de esta gente por el número dos. 

 

Decía que en la sala de profesores hay que estar sentado de cara a la entrada, si es posible enfrente de la puerta. Así que, nada más llegar, me he situado bajo el umbral, he sacado mi instrumental de medición y he trazado una perpendicular, una perspectiva cónica y un enlace covalente (esto último creo que no hacía falta) y, efectivamente, como en el mapa de un tesoro, allí estaba esperándome aquella gran equis con forma de silla. 

 

Entonces, he entrado corriendo a tomar posesión de mi descubrimiento antes de que otro novato se me adelantara. Me he sentado a calentar la silla y a esperar que llegara la gente para empezar mi trabajo de observación. Me encanta observar a mis compañeros. Se aprende mucho del hecho educativo y de las flaquezas del género humano. 

 

Uno de los primeros que llegaron se me quedó mirando, medio perplejo, sin saludar y con cara de malas pulgas. Por lo que luego indagué, creo que le había quitado el sitio, que a tenor de la edad del propietario debía de ser una cátedra. No olviden ustedes que la palabra cátedra es un helenismo y significa precisamente eso: asiento. Así que, desde el primer día, ya soy catedrático y, por esa razón, madrugo todos los días para que ningún advenedizo se apodere de mi asiento en esta noble institución de enseñanza.

 

Desde aquel callado incidente, cada vez que me topo con el excatedrático por los pasillos o lo veo entrar en la sala de profesores, me asalta una agridulce sensación de temor y placer a un tiempo, sobre todo al observar aquellos grandes ojos saltones de contenida vindicación. Pero, por ahora, no le hago mucho caso y sigo investigando para qué sirven las otras cuatro llaves de este sonajero que me han entregado mi primer día. Ojalá una de ellas sea la del trastero, donde vi entrar esta mañana a una empleada de la limpieza que está la mar de rica.

 

 

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