Futbolinómanos

February 7, 2017

El Lagunero, octubre de 1997

 

 

 

El fútbol es el nuevo opio del pueblo. El fútbol es una religión pagana y digital cuyos fieles y oficiantes se disputan la comunión de un balón blanco y rotundo como una gran hostia: unos rivalizando a patadas mientras otros (la gran mayoría) apoquinan el diezmo del pay per view.

 

De un tiempo a esta parte, el fútbol ha dejado de ser el entretenimiento dominical por excelencia para convertirse en el mayor espectáculo del mundo. En esta eterna función del fútbol, que se prolonga de lunes a domingo indefinidamente, todos tenemos montado nuestro propio número y nuestra parte de culpa, especialmente el infatigable ciudadano cuya futboladicción y sadismo son capaces de soportar entre pecho y espalda repetidas sesiones de “electroshock balompédico”, ya sea por vía analógica o digital.

 

Nunca espectáculo tan reiterativo y soez tuvo mayor acogida entre la plebe; sólo es comparables con las escabechinas de cristianos en la antigua Roma, cuyo único atractivo era contemplar, una y otra vez, como un tropel de impías fieras daba cuenta de una grey desmembrada y ensalivada de muerte.

 

El fútbol es un espectáculo de estructura fija (noventa minutos, veintidós jugadores, cuatro jueces de la contienda…) y en sí mismo no debería reportar a priori otra satisfacción que la de observar una consecución de tantos o goles (cuando los hay) que, como muchos de sus seguidores afirman, “es lo que realmente importa”. Todo ello en detrimento del espectáculo y la satisfacción personal que es lo que debería exigir cualquier asistente a este tipo de eventos, especialmente si, como muchos afirman también, “estamos ante una manifestación artística de la era moderna”.

 

Oyendo este tipo de declaraciones sobre la estética de nuestro tiempo, se explica cómo otras manifestaciones artísticas no tan modernas, como es el caso del cine (con una inusitada variedad de argumentos y situaciones) han cedido terreno a las hordas reincidentes del balompié.

 

El fútbol ha dejado de ser deporte para convertirse en una droga, en un producto de consumo imprescindible para la salud del pueblo, un narcótico de dosis diaria, pues el “mono” del fútbol ya fluye por las venas del ciudadano como un carnaval de estupefacientes.

 

Y los grandes capos de la droga (los empresarios de los clubes) y el Cártel Digital (los medios de comunicación) se están encargando de que no le falte a nadie la papelina de ácido balompédico o las hebras de marihuana con las que hacernos el porro y que no son más que restos o exvotos de la cabeza rasurada de Ronaldo.

 

Luego están los jugadores (los “camellos” mejor pagados en la historia del crimen organizado) que son los responsables de pasarle la droga a la masa en una flagrante exhibición pública ante la vista de inocentes niños y tímidas ancianitas que poco a poco se van reencarnando en espíritus malévolos y transgresores.

 

Hay que reconocer que entre los “camellos” del fútbol hay profesionales de incuestionable mérito que realizan su trabajo con creces, de cara a la galería, con insospechados regates o pases de papel milimetrado (tal es el caso de Maradona que por desgracia equivocó su papel y dejó el chute a puerta por el chute en vena), pero no creo que “valgan” esas desorbitadas cláusulas de traspaso con las que se podría solventar, o al menos paliar, más de una deficiencia de este país.

 

El fútbol ha perdido ese carácter festivo que antaño tenía, cuando el atareado espectador aguardaba el paso lánguido y soporífero de la semana para desembocar en la catarsis purificadora del domingo, deleitándose con las cabriolas del último fichaje extranjero o la proyección de la última promesa de la cantera.

 

Ahora los equipos se han convertido en una caterva de mercenarios recién llegados de los Balcanes (fugitivos de una guerra que no es la suya, de la cual se vienen a resarcir a golpe de talonario y de patadas en la espinilla) o bailarines de samba procedentes de la tierra del pan de Azúcar (la cuna del Ronaldinho meón).

 

Mientras tanto, en algunos equipos los jugadores nacionales se han convertido en la nota pintoresca y exótica, y las jóvenes promesas del fútbol patrio se convierten de la noche a la mañana en viejas glorias que ya nadie recuerda.

 

Todo por obra y gracia de los grandes capos de la droga que no proceden de Medellín ni de otras latitudes extirpadas al mapa, sino que los tenemos aquí, en casa, desde hace tiempo fraguando esta “Liga de las Estrellas” que, al paso que va, lleva camino de convertirse en un agujero negro que engulle todo cuanto se acerca a su oscura y mezquina órbita.

 

 

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