Crisis, ¿qué crisis?

La Opinión de Tenerife, 1 de octubre de 2008


Con la sintonía de Supertramp de fondo, me entra la risa floja (y un poco de cagalera) mientras leo cómo salen a la palestra los políticos para hablar de la crisis.


Uno revisa los periódicos y mira la teletrofia de vez en cuando para ver cómo va ese adefesio de la crisis y tiene la impresión de que la susodicha sólo afectara a los empresarios.


Hojeando y ojeando periódicos se entera uno de que los pobrecitos empresarios ya no ingresan lo que antes: ya no se venden tantos coches, ya no se construyen tantas casas, ya no se invierte tanto dinero…


Se citan las cifras del paro, pero queda como una cosa nimia, marginal, aparte, como si realmente el ciudadano de a pie no sufriera en sus carnes la jodida crisis.


Pero la basca está mosqueada porque se ha utilizado dinero público para salvar empresas privadas a las que el tiro capitalista les ha salido por la culata. Mi abuela Carmen diría, simplemente, que se echaron el pedo más grande que el culo.


Ahora resulta que los señores empresarios se quieren poner el mono de proletarios para confundirse entre el populacho y gritar “viva el comunismo y maricón capitalista, el último”.


En el pasado, los bancos se dedicaron a dar dinero a todo quisque en forma de préstamos e hipotecas y ahora resulta que mucha gente no los puede devolver porque el Euribor se ha puesto remolón y ya no es la misma señora, aquella dura pero jovial hipoteca de 300 euros, que la gandula de 500 que a duras penas mantenemos ahora.


La economía mundial ha sido durante años un gran casino de juegos, donde se ha apostado con dinero ficticio. Uno mira, por ejemplo, con asombro y estupor el vaivén de los índices de la Bolsa, con qué flojera suben y bajan las cotizaciones de las empresas y con qué cara dura se juega, en definitiva, con los ahorros del respetable en los corrillos del parqué bursátil.


Basta que a un jeque árabe le dé por tirarse un pedo apestando a crudo para que baje la Bolsa. O que Obama eructe pollo frito en Israel para que la misma Bolsa suba como la espuma de una cerveza bien fresca como la que yo me tomaría ahora mismo para bajar la calentura.


La economía mundial se sustenta en falsos cimientos, en dinero de broma como el que se maneja en el Monopoly, ese juego de mesa que una vez nos hizo sentir como Rockefeller porque adquirimos aquel complejo de viviendas de la calle Serrano.


El capitalismo empieza a hacer aguas por una fuga que ha creado su propia codicia. Mi abuela diría, simplemente, que el que la hace la paga.


Zurrón Vintage
Tag Cloud