Advertencia antes de entrar


En la entrada nos topamos con una inesperada sentencia que salpicaba los muros que aislaban el Jardín del resto del mundo: ABSTENERSE LOS CAUTOS Y FLOJOS DE ESPÍRITU.


Aquel aviso, casi bíblico, no perturbó nuestro ánimo ni nos obligó a darle la espalda a la nueva aventura después de tantos años combatiendo en terrenos más inhóspitos y haciendo frente a salmodias mucho menos edificantes que aquella que decoraba las ciclópeas paredes untadas con un barro que se nos antojaba ancestral.


Entramos y no hallamos más que el vacío; aquello no parecía jardín ni vergel al uso, a no ser que en alguna tierra ignota la Naturaleza hubiera creado con la Nada alguna clase de paraíso. Deambulamos durante un rato, siguiendo los pasos del desconcierto, y no hallamos más que la blancura y el reflejo del vacío proyectado en nuestros ojos.


Allí no cabía otra posibilidad que la reflexión y fue, en ese preciso momento, cuando empezamos a ejercitar las meninges, que empezó a germinar en un rincón del Jardín algo que se nos antojó más razonable, algún tipo de organismo vivo que se asemejaba más a lo que estábamos acostumbrados a contemplar al otro lado de aquellos extraños muros; sólo que, esta vez, las formas de la Naturaleza nacían revestidas de una pátina que les daba un brillo particular que, a primera vista, no supimos descifrar pero que, con el tiempo, aprendimos a comprender.


¡BIENVENIDOS A MI JARDÍN!

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