Dr. Hyde y Mr. Jekyll: un curioso caso de Síndrome de Tourette severo

 

A juicio del Dr. Hernand, uno de los casos más notables de la medicina literaria es el  que concierne al escritor escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894) y los orígenes de su “asintomática” obra El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, la cual relaciona con un trastorno neuropsiquiátrico denominado Síndrome de Tourette. 


Para ello se centra en la figura de Mr. Hyde, “esa ruin y retorcida mitad del doctor inglés Henry Jekyll”, protagonista de un relato, de corte victoriano y rayano en lo terrorífico, que se aparta de la poética tradicional de Stevenson, quien siempre fue más dado al relato de aventuras y a los escarceos exóticos, como así demostró en su vida y, por ende, en novelas como La isla del tesoro y La flecha negra, o en su libro de cuentos Nuevas noches árabes.

 

Tras un chequeo preliminar, el Dr. Hernand anota: “Hyde parece manifestar síntomas evidentes de un Síndrome de Tourette severo, que se caracteriza, entre otras cosas, por numerosos tics, espasmos, poses peculiares, muecas, ruiditos, maldiciones, imitaciones involuntarias y compulsiones de todo género; pero, sobre todo, por un exceso de energía nerviosa que deviene en una violencia incontrolada”.

 

El Dr. Hernand observa que este comportamiento de Hyde, encubierto con una metáfora literaria a través de una transformación del Dr. Jekyll, no sólo emocional sino también física, podría ser producto de los efectos secundarios que le provocó la ingestión de ese brebaje que liba el doctor inglés en la novela “con el fin de hacer aflorar ese yo oculto, que podríamos denominar primitivo o ancestral”. 


Según el Dr. Hernand, dicha pócima podría tratarse de alguna sustancia precursora de la L-Dopa o levodopa, “fármaco estimulante de la dopamina cerebral utilizado también en la actualidad para el tratamiento de la enfermedad de Parkinson”. 

 

Efectivamente, en la declaración que hace el propio Henry Jekyll en el capítulo final de la obra se lee lo siguiente:

 

Desde hacía tiempo tenía preparada mi tintura; adquirí de inmediato, de una firma mayorista de productos químicos, una gran cantidad de una sal en particular que sabía, por mis experimentos, que era el último ingrediente requerido…

 

Según el Dr. Hernand, “cualquier matasanos con el sentido del gusto de una larva es capaz de reconocer ese bouquet salino propio de la dihidroxifenilalanina, un sustrato de la ruta metabólica de las catecolaminas como la dopamina, con las que se trata el Síndrome de Tourette.”

 

Stevenson estaría familiarizado con este síndrome “por la relación personal que mantuvo con el propio Giles de la Tourette durante su estancia en 1885 en la Salpetriere de París, en donde el escritor escocés estuvo seis meses internado debido a una incipiente tuberculosis que lo aquejaba desde tiempo atrás y que se había agravado durante los años que vivió en California a donde fue, con el rabo tieso, tras las faldas de la que luego sería su abnegada esposa, Fanny Osbourne.”

 

El Dr. Hernand adjunta una fotocopia del libro de ingresos de la Salpetriere, que data de febrero de 1885, en la cual figura, efectivamente, el nombre de un tal Robert Louis Stevenson, “ciudadano escocés, con residencia conocida en Calistoga (California, Estados de la Unión), que ingresa con los síntomas de lo que podría ser un cuadro de tuberculosis avanzada”. 


Y añade: “tras la consulta de algunos manuales de Historia de la Medicina, podemos afirmar sin riesgo a meter la pata que, en esa época, Giles de la Tourette ejercía en la Salpetriere como auxiliar del eminente neurólogo Jean-Martin Charcot y que en 1885 el alumno aventajado formula los principios del síndrome que lleva su nombre, como sabe hasta el estudiante más lerdo de Psicología Clínica.”

 

La Salpetriere fue un conocido sanatorio de París, primitivo hospicio y manicomio, mandado a construir por el rey Luis XIV (el famoso Rey Sol) para albergar a toda la morralla que pululaba por las calles de París a finales del siglo XVII. Con el tiempo, el edificio original fue ampliándose en pabellones temáticos que acogieron a toda suerte de mendigos, epilépticos, alienados, jóvenes idiotas, dementes furiosos y enfermos sujetos a la acción de la justicia, todos ellos convenientemente distribuidos por las instalaciones conforme a su rango y condición. 


“Estas dependencias se complementaban con talleres de trabajo en los que se pretendía erradicar la locura por medio de un sistema de esclavización protocapitalista”, según palabras de mi propio tío, que aprovecha la ocasión para sacarle el cuero al stablishment de la época. Incluso se construyó una prisión en su interior (La Force), “en donde también fueron confinadas las jóvenes de vida disoluta con la sana intención de combatir la economía sumergida”.


Según otros documentos recopilados por el Dr. Hernand, “R.L. Stevenson permaneció en la institución durante seis meses en los que le fueron recetados tratamientos diversos, como un revolucionario sistema de hidroterapia, que alivió las dolencias de la tuberculosis que el escritor escocés venía arrastrando desde su infancia”. 


Después de su estancia en la Salpetrière, Stevenson se trasladaría al balneario de Bournemouth, al sur de Inglaterra, donde dejó constancia de su experiencia francesa con el relato objeto del presente estudio. 


Una década después moriría en la isla de Borneo, en compañía de su familia y de una colorida tribu de indígenas que, al verlo, invocaban con denuedo al espíritu de un tal Tusitala (etimológicamente, “contador de historias”).

 

El Dr. Hernand supone que, durante el tiempo que permaneció en el hospicio parisino, Stevenson habría conocido internos con dolencias de calibre diverso (entre ellos, pacientes con síntomas de tourettismo) que le habrían inspirado el perfil psicológico del mentado Hyde, al que tradicionalmente se lo ha querido ver como una representación física de la maldad existente en la conciencia del Dr. Jekyll, pero que en realidad no era tal, como  así expondrá el Dr. Hernand en sus conclusiones.

 

Efectivamente, en éstas mi tío manifiesta que la verdadera personalidad de Jekyll era en realidad Hyde, una personalidad que permanecía latente en el subconsciente de Jekyll y que las drogas hacen aflorar hasta imponerse al final del relato. 

 

Considera, para resumir, que “en realidad Jekyll no era Jekyll sino la personalidad encastrada de Hyde” y, además, se aventura a hablarnos de una precuela de este relato de Stevenson, en la cual se imagina a Hyde sometiéndose a “un tratamiento a base de inhibidores químicos como el haloperidol o la pimozida para reprimir su personalidad y extraer la otra, más sosegada y racional, de Henry Jekyll.”

 

Sin ir más lejos y a modo de epílogo, el Dr. Hernand hace de nuevo referencia al texto de la obra, donde el propio médico inglés manifiesta que no puede seguir siendo Jekyll y que Hyde lucha en su interior por recuperar su verdadera identidad:

 

Ésta es mi auténtica hora de la muerte, y lo que siga concierne a alguien distinto a mí. Así pues, mientras deposito la pluma y procedo a sellar mi confesión, pongo también fin a la vida de ese desdichado Henry Jekyll.

 

Así que, según el Dr. Hernand, mi tío eminentísimo, habría que hablar, en todo caso, de El extraño caso del Dr. Hyde y Mr. Jekyll.

 

 

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