Siniestro total



Hay palabras que desde sus orígenes nacen marcadas y exhiben un sambenito del que difícilmente pueden desprenderse para el resto de sus días. Parece que las hubiera mirado un tuerto o meado un perro.


Hay palabras que nacieron para una cosa y terminaron convirtiéndose en algo totalmente diferente o contrario para lo que en principio fueron concebidas. En esa incertidumbre y capacidad de adaptación al medio radica la vida íntima de las palabras a quienes hemos definido ya en otra ocasión como organismos vivos.


Una de tantas es el adjetivo siniestro que nació para calificar lo que está a la izquierda o al lado izquierdo, pero que con el paso del tiempo ha ido sufriendo un continuo desprestigio semántico hasta llegar al punto de que nos brota un sudor frío y nos tiemblan las piernas cada vez que la utilizamos. A veces, basta sólo con pensar en ella.


Efectivamente, si analizamos (con precaución) la entrada correspondiente en el Diccionario de la Lengua Española nos daremos de bruces, ipso facto, con una serie de acepciones que terminarán por producirnos urticaria, dejarnos mal cuerpo e, incluso, debilitar las defensas del más inexpugnable intestino.


Dejando a un lado su significado etimológico, del cual hablaremos a continuación, nos encontramos con que siniestro es sinónimo de “avieso, malintencionado”. También se puede decir de algo “funesto, aciago”.


Si lo utilizamos como sustantivo, no crean que la cosa mejora demasiado. Al contrario, nos podemos encontrar de la noche a la mañana utilizando el servicio de transporte público porque a un desalmado se le ocurrió dejarnos una dedicatoria en la puerta delantera de nuestro buga… Y así todo seguido hasta llegar al desguace del diccionario.


Pero analicemos la procedencia etimológica, que es (posiblemente) el origen de todos los males lingüísticos que aquejan a esta palabra. Siniestro procede del latín sinister, vocablo que se utilizaba entre los romanos para indicar el lado izquierdo frente a dexter que indicaba el lado derecho. De este último, el castellano heredó diestro, a través del caso acusativo (dextrum).


Pero remontémonos un poco más en el tiempo y señalemos algunos aspectos interesantes sobre el propio origen latino de la palabra sinister. Cada maestrillo tiene su librillo etimológico, pero una de las teorías más aceptadas entre latinistas y etimólogos es que la palabra sinister procede de sinus, que era una parte de la toga que utilizaban los romanos para ocultar sus desnudeces en público, concretamente una especie de pliegue o doblez que se situaba al lado izquierdo de la misma.


Pero de sinus procede también en castellano la palabra seno, pues eso era precisamente lo que podía encontrarse un caballero (o no tanto) de la época cuando abría el sinus de la stola o vestido de la mujer.


De modo que el origen locativo del término queda claro. Sin embargo, el adjetivo sinister pronto pasó a utilizarse para indicar algo funesto o aciago debido al uso que se le dio en el campo de la religión romana y, concretamente, en el mundo de la adivinación.


Entre los antiguos romanos, existía una práctica ritual que consistía en la interpretación del vuelo de unas aves que recibían el nombre de auspiciales porque dependiendo del lugar por el que ejecutaran su vuelo el auspicio o augurio era positivo o negativo. El arúspice o sacerdote de turno planteaba la situación a dirimir e inmediatamente se soltaban las aves, como quien suelta palomas mensajeras, y dependiendo de la dirección que tomaran así sería el augurio.


Aunque dependiendo del ritual el signo favorable era unas veces la derecha y otras la izquierda, ya en autores de la antigua Roma como Ovidio o Virgilio aparece utilizado el adjetivo sinister con el significado de funesto o adverso.


Es decir, que el lado izquierdo nunca traía nada bueno, como así luego quedaría contemplado en castellano en expresiones tales como “levantarse con el pie izquierdo” o “ser un cero a la izquierda”. Esto último, por exigencias matemáticas porque los ceros cuando valen es cuando van colocaditos a la derecha y cuantos más mejor, si vienen de alguna herencia.


Esta creencia de lo siniestro relacionado con lo funesto del vocablo latino persiste en la España medieval y así podemos observar una referencia en el Cantar del Mio Cid en aquella parte donde se anticipa el destierro del caballero Don Rodrigo Díaz:


Ya cabalgan aprisa, ya aflojan las riendas. Al salir de Vivar, tuvieron la corneja diestra, y entrando en Burgos, tuviéronla siniestra. El Cid se encogió de hombros y meneó la cabeza: «¡Albricias, Álvar Fáñez, que si ahora nos destierran con muy gran honra tornaremos a Castiella!»


De modo que, ya desde muy pronto, en la lengua castellana lo siniestro quedó marcado y cayó en desuso por una suerte de tabú. Para indicar, entonces, el lado contrario al derecho se empezó a utilizar el vocablo izquierdo, que algunos autores ven su origen en el vascuence ezquerra, pero que tal vez esté relacionado con un étimo prerromano pirenaico que leemos, por ejemplo, en el catalán esquerra.


La misma suerte corrió el vocablo diestro que también se aligeró de su significado locativo en favor de derecho, que procede del latín directus. En el caso de derecho las acepciones que nos presenta el Diccionario de la Lengua Española hacen hincapié sobre la habilidad y sagacidad de todos aquellos que merecen este calificativo. Sale mejor parado que su primo-hermano siniestro.


Así que tenemos dos binomios andantes (diestro/siniestro y derecho/izquierdo) que terminaron especializándose cada uno en lo suyo, aunque en el caso de izquierdo (como ya vimos antes) terminó contaminándose de determinados usos peyorativos heredados de siniestro.


Por razones ajenas a la lengua, parece que el lado derecho siempre gozó de mejor reputación que el lado izquierdo. Y así lo observamos en expresiones populares como “ceder la derecha”, “ser el brazo derecho de”, hacer algo “con el pie derecho”. Por otro lado, en el ejército, el militar de la derecha era siempre el superior e, incluso, Jesucristo estaba sentado “a la derecha de Dios Padre”.


Pero, insistimos, la lengua es un instrumento del que nos servimos los humanos para satisfacer nuestras necesidades, muchas veces más allá de su función principal que es la comunicación. Es indudable la contaminación de los binomios diestro/siniestro y derecho/izquierdo por razones de uso político o religioso. Sobre todo su uso religioso, que terminó arraigando en numerosas expresiones populares como las que ya hemos citado.


Sin embargo, en política no hay que confundir el ser de derechas y el ser de izquierdas con lo diestro y lo siniestro, aunque en determinadas épocas de nuestra Historia más reciente nos quisieran vender la moto en ese sentido. En cualquier caso habría que interpretarlos en su significado etimológico como locativo, pues el origen de la derecha y la izquierda políticas se remonta a la época previa a la Revolución Francesa y a cómo estaba estructurado el Parlamento galo antes del derrumbe de la monarquía en un alud de cabezas descoyuntadas.


En la Asamblea Constituyente francesa los grupos monárquicos y conservadores se situaban a la derecha de la sala y los restantes, entre los que estaban los promotores de la Revolución, se colocaban a la izquierda. Así en la Francia revolucionaria ya se hablaba de las opiniones de la droite (la derecha) y de las opiniones del sector de la gauche (la izquierda).


Más adelante se utilizaría como una manera de calificar las posturas políticas pues del francés pasó a otras lenguas y ya hoy da igual donde se sitúen sus señorías en el Parlamento. De hecho, la mayoría ni asiste a las sesiones plenarias, sino que opinan a distancia como espíritus siniestros (de derechas o de izquierdas o viceversa).


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