Los señores de la noche

Nosotros pusimos de moda en los ochenta la expresión “salir de marcha".

Nosotros juramos una noche sobre el sacrosanto altar de una barra de bar (y después de hacer las oportunas libaciones) que íbamos a convertir los bares en reductos de la cultura para noctívagos, para lechuzas que una vez horadaron los hombros de Atenea tratando de descubrir la sabiduría bajo la tez blanca de su piel de diosa virgen.

Nosotros le dimos vuelta al forro del sol y encontramos entre sus dorados pespuntes una luna hueca, apenas mancillada por el bramar de una corte de borrachos que nos miraban con beoda estupefacción.

Nosotros hicimos del juego una forma de metalenguaje, una forma de maridar el vicio canalla con las más excelsas reglas de la esgrima, una esgrima verbal de lances bien hilados por una pretenciosa educación universitaria.

Nosotros quisimos comernos el mundo, deglutirlo sin prejuicios, para luego descomernos sobre su faz y pintar un collage que representara una sublime forma de cultura, una intrépida manera de pintar la noche con vómitos lascivos de literatura y hembras bien formadas.

Nosotros pretendimos fundir los plomos del mundo, dejarlo a oscuras, entre las tinieblas de su propia ignorancia, para luego alumbrarlo con la llama apenas imperceptible de un exvoto dedicado a una divinidad sabia.

Nosotros reinamos en la noche de los ochenta y de los primeros noventa, alborotamos las calles con nuestro deambular silencioso de monjes eruditos.

Nosotros tomamos al asalto las discotecas y redecoramos sus paredes setentonas con el glamour de la Historia del Hombre, aparejadores intrépidos en un mundo anquilosado entre las columnas salomónicas de una fiebre musical mal encauzada.

Nosotros inventamos la cultura, le demostramos al mundo que la ignorancia no iba a sobrepasar las barreras de aquel coñac antañón que encelaba los huesos y rumiaba los corazones.

Nosotros inventamos la noche, supimos dotar a la oscuridad de cierta belleza, supimos devolver al negro su esencia de los primeros tiempos y lo volvimos a convertir en un dios y lo despojamos de su carácter antropomórfico para ser, Él mismo, el nuevo Caos de la cultura.

Nosotros rompimos muchos grilletes que nos atenazaban a una realidad patética, de sonrisas tontas y sombras de ojos mal retocadas y creamos a la mujer perfecta despojándola de todas sus virtudes (las virtudes son los vicios de los santurrones).

Nosotros cambiamos el mundo, pero el mundo se olvidó de nosotros y pasaron los años, que dieron paso a otros señores de la noche, pertrechados de decibelios y pastillas de diseño, soldados de una nave catódica gobernada por el almirante Hip Hop y el sobrecargo Reaggeton.

Hoy puedo decir que he vivido para contarlo y que estas palabras que ahora pronuncio desde el futuro forman parte ya de un pasado remoto, extinguible, extinguido…

Zurrón Vintage
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