Leche de burra

April 16, 2017

La Opinión de Tenerife, 21 de diciembre de 2005

 

Tantos siglos de desarrollo médico con sus termalgiles y sus redoxones, tanta medicina holística y homeopática con su magia de herbolario, sus acupunturas y sus kinesiologías, y ahora resulta que el don de la longevidad se alcanza tomando leche de burra.

 

Hay una señora en Ecuador, con más años que Abraham, que siendo una infanta le dieron a mamar de la teta de una burra y el intestino se lo ha agradecido durante todo este tiempo con un tracto libre de interferencias (que para sí quisieran algunos estreñidos) y un corazón más potente que el de Induráin (el de Armstrong estaba bichado).

 

La señora se llama Esther Heredia y es natural de Guayaquil. Ya va por los 116 años y el otro día le llegó al chozo una carta de unos señores muy cachondos que se dedican a escribir un libro prodigioso de reminiscencias cerveceras (el Guinnes).

 

En dicha carta le revelaban que era la mujer más vieja del mundo. A la señora, que no la inmuta cualquier Delta de andar por casa, le hizo mucha gracia la anunciación y siguió viendo la tele como si tal cosa, pues en ese momento echaban el programa de la señorita Laura, que esa sí que es una tormenta televisiva.

 

Doña Esther, que podría escribir un libro como su homónima bíblica, es una señora de perras que pertenece a una clase conservadora de la ciudad porteña y confiesa que nunca en su vida padeció privaciones. No me extraña.

 

¿Se puede saber cuántos litros de leche de burra hacen falta para una dieta tan equilibrada y centenaria? ¿Y cuántas burras hay que ordeñar para toda esa leche?

 

Esos lujos no son propios más que de una faraona como doña Esther, a quien el escritor griego Plutarco le hubiera reservado un capítulo de sus Vidas paralelas asignándole como alma gemela a Cleopatra, que también se gastaba sus buenas rupias en leche de burra para darse los baños rucios.

 

Aunque visto el precio de los productos dietéticos, no sé qué saldría más rentable. Se gasta uno un pastón comprando el no va más en productos dietéticos (lo único que nunca está en rebajas en las grandes superficies) para estar como una sílfide (o un adonis, en mi caso), cuando lo más barato sería comprarse una pareja de burros y ponerlos a procrear en la terraza (o en el altillo) junto a la lavadora y la bici del regatón.

 

Sin embargo, este tema de la leche de burra tiene su trascendencia más allá de meras trivialidades. ¿Conviene que una dieta a base de leche de burra se extienda por la población?

 

En principio sería bueno para los propios jumentos: sin duda aumentaría su población, que ahora está en peligro de extinción. ¿Pero se le permitiría a todo quisque tomar leche de burra? ¿Se imaginan a la clase política metiéndose los chutes de Pollina Lactosa para conservar ese carguito a perpetuidad?

 

Mejor dejamos la dieta como está y seguimos mamando todos del Becerro de Oro.

 

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