El nuevo edificio viejo

 
Hoy toca hablar de infraestructuras. No me queda más remedio. La avalancha de los primeros días me empuja a ocuparme del medio físico, antes de adentrarme en el medio intelectual que es más difícil desbastar.

 

El Centro al que he llegado está dividido en dos edificios: el nuevo edificio viejo y el viejo edificio nuevo. Hoy me ocuparé del primero, pues cierto romanticismo aletargado quiere que dé prioridad a la vetusta construcción en donde una vez estuvo el instituto de mi juventud.

 

En el nuevo edificio viejo se imparten los bachilleratos en régimen abierto: Ciencias de la Salud y Humanidades y Ciencias Sociales. No existen aquí el Bachillerato Tecnológico (un anacronismo impensable para un antiguo convento agustino) ni los Ciclos Formativos: imagínense a Fray Escoba (lo conocerán en su momento) asistiendo a una clase de Audiovisuales con su ordenador portátil bajo el hábito.

 

El nuevo edificio viejo está ubicado en lo que las instituciones públicas (léase Gobierno de Canarias y adláteres) nos han dejado del antiguo Instituto de Canarias después de la rehabilitación que en 1997 convirtió al viejo edificio agustino en nuevo edificio viejo.

 

El lugar lo componen trece aulas para doce grupos de bachillerato, aulas más bien estrechas para racimos de más de 30 alumnos. Al menos el invernal frío lagunero hará menos mella en el reuma de ciertos oficiantes de esta diócesis educativa, todos juntitos mendigando calor al amparo de tres alargados cipreses que ondean en el centro de uno de los patios del claustro, en donde hacíamos el teatro en mi época de alumno. Entre las raíces de los cipreses reposan ahora las cenizas de aquellas dramáticas tardes de antaño.

 

Pero lo que más me gusta del nuevo edificio viejo es su Sala de Profesores, no sólo por las razones que ya comenté en la misiva anterior, sino porque es el único lugar por el que parece que no ha pasado el tiempo desde la época de Don Adolfo Cabrera Pinto, primer director de esta ilustre institución que a principios del siglo XX albergó la Universidad de San Fernando. 

 

La Sala de Profesores es una sala larga y apaisada, presidida por una ciclópea mesa de madera de baobab que sólo movería una fornida cuadrilla de consumados esclavos egipcios. La mesa, rígida en su solemnidad, ocupa casi todo el largo de la sala y la flanquean un buen número de sillas con sus correspondientes reposabrazos; sillas del año María Castaña, en las que te hundes de tal manera que parece que en aquel lugar se reuniera una especie humana dotada sólo de cabeza y extremidades. 

 

Allí hundido, bajo la línea de flotación de la mesa, me siento como un galápago humano que espera la llegada de algún miembro de su especie para contarse chismes de su lenta y quelonia vida. Sin embargo, he bautizado a la sala con el nombre de “El refectorio de Mr. Hyde”, por razones que añadiré en futuros despachos.

 

En la sala de profesores me siento todo un insigne catedrático que aguarda el escrutinio de los antiguos directores que han inmortalizado su adusto busto en sendos cuadros al óleo que penden de estas húmedas paredes. 

 

Llevo pocos días aquí, pero en los ratos libres me gusta venir a esta sala de profesores, casi siempre solitaria, y sentarme frente al cuerpo de antiguos directores y esperar una señal que me advierta de que yo, después de todo, soy real, de carne y huesos.

 

A veces me da la impresión de que estos señores de las pinturas se mueven como en los cuadros de Harry Potter, atusándose el bigote o removiendo el polvo de la habitación con la espléndida sotabarba. 

 

Hay hasta un fraile agustino, al que he apodado Fray Escoba, como ese santito peruano que vivió en el siglo XVI, de sonrisa bonachona, siempre dispuesto a ayudar a los menesterosos barriendo con su flecoso instrumento las miserias humanas.

 

Sentado ante Fray Escoba me acuerdo de Doña Concha, aquella señora de la limpieza que adecentaba el claustro de mi juventud desde el sillón de la portería. Entonces, se me escapa un estornudo que no sé si es producto de mi alergia o de un acto de contrición por ocupar una cátedra que no me merezco.

 

Hasta el próximo despacho.

 

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