Cartas de amenaza

 

A raíz de la publicación del primer opúsculo extraído de los archivos secretos de mi tío, el Dr. Hernand, ha llegado a mi poder un hatillo de calumniosas misivas que me tachan de impostor y me degradan a la categoría de mequetrefe.

 

Otros desconfiados no dan crédito a la existencia del eminentísimo neurólogo y lo convierten en alucinado fruto de mi imaginación, cuando no en alter ego frustrado de una vocación desmedida.

 

Los menos, empero, desearían conocer más de la biografía de mi tío, especialmente de su deambular científico por tierras gabachas, y piden que se hagan públicos más archivos, todos a una y en edición debidamente encuadernada, a ser posible en cartoné.

 

Ah, y también me ha escrito un juez del Supremo que me pide algún remedio para sanar unas fiebres alucinatorias que lo suelen asaltar en medio de las sesiones y que lo hacen sentir como una meretriz camboyana en plena Guerra del Vietnam.

 

Tengo que contestar a todos estos remitentes —zafios, ilusos, bienintencionados y rarillos que, a buen seguro, me estarán leyendo en estos momentos— que cada uno tendrá en su momento la debida respuesta, con acuse de recibo y portes a pagar en destino. Se lo tienen todos merecido. 

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