El fantasma de don Gregorio

March 11, 2017

Artículo publicado en nuestro antiguo blog (02/12/2014)

 
Por los pasillos y reservados del Parlamento de Canarias transitan los fantasmas.

 

La Consejera de Cultura del Gobierno regional, doña Inés Rojas, aseguró recientemente en el Parlamento de nuestras Ínsulas Baratarias que se hallaba en contacto con el doctor don Gregorio Chil y Naranjo, fundador de la Sociedad Científica El Museo Canario con sede en las Palmas de Gran Canaria, por la cual se ha polemizado entre sus señorías por un quítame de ahí esa subvención.

 

En principio, eso no está nada mal: que nuestros gobernantes busquen el asesoramiento de gente versada y competente para solucionar esos fatigosos derroteros por los que a veces transcurre la gestión de la cosa pública. Pero lo que resulta un poco sospechoso es que se haya consultado a un señor que falleció hace más de un siglo, allá por el año 1901.

 

Don Gregorio Chil y Naranjo, médico, historiador y antropólogo, dedicó gran parte de su vida a estudiar los aborígenes de Canarias y dejó tras de sí un legado científico importantísimo para futuros estudios de prehistoria y antropología de nuestro maltrecho insulario. Tras su muerte, legó al mundo su biblioteca, archivo y propiedades, entre las que se incluía su casa, actual sede del polémico museo.

 

Mi señora Doña Inés, experta en psicofonías, ha abierto de par en par con estas declaraciones parlamentarias una nueva puerta a lo que podríamos denominar el averno político, a una nueva forma de gestionar la cosa pública que sentará, sin duda, precedentes en todas las democracias del mundo, tan materialistas ellas.

 

Considero plausible que los políticos, a falta de herramientas terrenales para hacer su trabajo, echen mano de otros recursos menos corpóreos. Esta iniciativa de consultar a los muertos nos resulta, cuando menos, imaginativa y no exenta de cierto ramalazo clásico que a nosotros tanto nos gusta destacar en todo lo que escribimos. Esta cantinela de mi señora Doña Inés nos recuerda a aquellas historias del pasado que hablaban sobre oráculos, adivinos y necromantes.

 

En la Antigüedad, los grandes generales y emperadores consultaban los oráculos antes de crear sus imperios. Se iba a los templos a preguntarle a una pitonisa borracha sobre el futuro de las naciones y allí encontraban una respuesta tan ambigua y enigmática como el programa electoral de la nueva izquierda. ¿Por qué en la actualidad iban a ser menos nuestros políticos que padecen de una incuestionable megalomanía?

 

Sin embargo, estos actos de necromancia política no son nuevos. No se crean ustedes.  Especialmente, en nuestro maltrecho insulario, donde la política se ha quedado fosilizada hace tanto tiempo ya que hasta Repsol está a punto de sacar petróleo de nuestros fondos marinos.

 

Los canarios nos hemos pasado las últimas décadas tratando de conquistar Madrid  y rindiendo culto en La Cibeles a las momias de menceyes y guanartemes para tratar de explotar una insularidad de la que luego cuatro listos se han aprovechado para llenar el zurrón. De modo que no nos extrañe que ahora en el Parlamento Canario se materialicen los espíritus de nuestros antepasados más ilustres para darle la tabarra a nuestros prohombres y promujeres del gobierno.

 

Como cualquier casa antigua que se precie, todos los edificios parlamentarios tienen su fantasma doméstico. El canario tiene a don Gregorio Chil y Naranjo, que es un espíritu inquieto y ladino que no para de incordiar durante las sesiones plenarias, mientras que el Parlamento Nacional tiene a Pablo Iglesias, que es el fantasma de las Navidades futuras.

 

Mi señora Doña Inés, don Paulino Rivero, presidente de la cosa nostra, y toda la parentela política no saben en qué mundo pisan y da la impresión de que estén viviendo una película de M. Night Shyamalan donde no se sabe quién está vivo ni quién está muerto y los espíritus van y vienen del Hades para ejercer de consultores.

 

En los últimos tiempos parece que la política quiera cambiar de rumbo, se empeña en la búsqueda de otros horizontes distintos hacia los que navegar. Durante esta travesía, toda la mierda institucional está empezando a salir a flote entre cadáveres políticos que se niegan a abandonar este mundo.

 

Entre la necromancia y la renta básica, España terminará convirtiéndose en un país de espíritus pedigüeños.

 

 

 

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