La hora del té


De la fugaz visita de aquella misteriosa mujer, me quedan fervorosos recuerdos: sus furtivos paseos, desnuda, que yo espiaba a través del ojo de la cerradura; sus floridos senos descolgándose del balcón y dando sombra a mis fantasías; sus pies descalzos enhebrándose con los míos durante el almuerzo; su costumbre de bañarse con la puerta entreabierta dejando un respiro al vapor que yo exhalaba exánime; pero, sobre todo, aquel ratito que ella llamaba “la hora del té”, enfrentados ambos en el salón, nuestras tazas humeantes, ella con sus largas piernas cruzadas bajo la minifalda, yo con mis dedos nerviosos, tintineantes…

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