De escrituras y lecturas (II)

February 8, 2017

El Lagunero, julio de 1997

 

 

 

 

“Nadie conoce la importancia de un libro hasta que lo lee”

 

No sé si este pensamiento o aforismo del alma lo dijo alguien una vez. El caso es que se me ha ocurrido mientras rondaba motivos para comenzar una nueva escritura, como si rondara a un grupo de jovencitas vírgenes y calentorras que se obstinan en perder su taimada flor con ademanes de morbosa estrechez.

 

He creído conveniente incluir la frase como lanzadera pacífica de este artículo que ya va cogiendo rumbo al firmamento estrellado de caracteres tipográficos y linotipias frías como asteroides olvidados en un rincón discreto del Universo.

 

La relación de un hombre con un libro es semejante a la relación amorosa, al juego carnal, a la lucha cuerpo a cuerpo y agónica de dos seres de sexo irrelevante en busca de un clímax que nunca culminará del todo.

 

Sustitúyase, si no, el verbo “leer” del siguiente párrafo por cualquier otro verbo que signifique “unión física, y más o menos afectiva, de dos individuos en aras de un placer que están hartos de proporcionarse a sí mismos”:

 

“Hay quienes leen para saber, hay quienes saben la importancia de leer, hay quienes leen por leer (un placer sin aditamentos, como el que se fuma un cálido y poluto habano), hay quienes no saben lo que leen (simplemente pasan revista a un puñado de letras que perdieron la dignidad en la esquina de una página cualquiera de un libro sin importancia), hay quienes intentan leer aunque no saben ni pueden (una suerte de impotencia lectora) y hay quienes simplemente no leen, aunque una vez en la escuela les enseñaron a hacerlo y solo por eso creen haber perdido la virginidad y el candor propios del analfabeto y que –dicen- tiene quien no sabe hacer la o con un canuto.”

 

Por desgracia o por suerte (quién sabe), este último espécimen, el de los bibliófobos (ejemplar humano que no puede ver un libro ni por el forro), es el que se lleva la palma en las estadísticas nacionales y foráneas sobre lectura.

 

Sin embargo, cada año parece aumentar la edición de libros y aún de aquellos que pretenden hacer de la escritura un medio de vida, como redactar cartas para un jefe que te acosa a cada punto (y seguido) o como perder el culo fregando retretes para que el personal pose el suyo con garantías.

 

¿Quién lee tanto libro, entonces? ¿Y quién los escribe? ¿Acaso los bibliófobos antedichos? Parece que se haya creado una élite lectora, de sujetos agentes y pacientes (el que escribe y el que lee, respectivamente) que se resisten a perder el hilo de una tradición cultural que dentro de poco se nos antojará antiquísima.

 

Esta élite, encabezada en las estadísticas por las mujeres (leen más que los varones) debe de ser la que mantiene y aún eleva cada año el listón de las estadísticas a fuerza de incrementar el consumo de libros, a veces apilados en las bibliotecas como formando parte de una colección más, pero nobilísima.

 

Sin embargo, no debemos caer en el consumismo indiscriminado de libros, en el comprar por comprar, en la vorágine receptora de hojas impresas. Las bibliotecas así construidas pasan de ser templos y reductos de la cultura a convertirse en una suerte de oficina del paro o ”INEM bibliográfico” donde se agolpan los volúmenes esperando una oportunidad para ser leídos.

 

Las prisas no son buenas compañeras, sobre todo para el bolsillo (un libro no leído es una mala inversión). A veces, nuestra voluntad lee más rápido que nosotros mismos y debemos aumentar esa deseada “frecuencia lectora”, no comprando más ejemplares, sino adiestrando los tres órganos que intervienen directamente en la lectura: la vista, la mente y el culo (se suele practicar sentado).

 

Visto lo anterior, podemos llegar a la conclusión de que el prototipo mundial de lector es una obrera/maruja de culo gordo por el trabajo y engordado por la lectura.

 

En cuanto a la escritura y a los escritores, ya hablamos de ellos en el número pasado, donde equiparábamos el placer de escribir que debe sentir quien se precie escritor con el que nos puede provocar un buen revolcón. Sólo cabría añadir una cosa en cuanto a esto último y es que “el escritor es el ser humano más ignorante de cuantos pisan la Tierra, pues tras muchos años de contacto con el saber, sólo se acuerda de leer y escribir.

 

Creo que este aforismo del alma, a diferencia de aquel con el que principiábamos este artículo que ya muere, es genuinamente mío. En caso contrario, para algo están las Cartas al Director.

 

 

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