Borges y las pasas de Corinto

February 25, 2017

 

 

Buenos Aires, 28 de diciembre de 1986

 

 

Pocos meses después de la muerte de Jorge Luis, me vi inmerso en una conversación accidental mientras daba buena cuenta de una pinta de Quilmes en un garito platense de Lisandro Olmos.  

 

Acodado en la barra a la diestra del dios padre de la cerveza, aquel tipo se jactaba, entre salivazos de ron barato, de que lo que más le gustaba de Borges eran las pasas de Corinto.

 

Al principio no entendí a qué se refería mi beodo interlocutor con aquella sentencia, tal vez se trataba de algún relato para mí desconocido del maestro de las regiones australes, ese ignoto Las pasas de Corinto.

 

En foros más rigurosos que aquél, yo solía alardear sin ningún tipo de pudor de haber leído a Borges íntegramente y de tener sus Obras Completas forradas en piel de genuino borrego pampero. Me consideraba uno de sus más fieles seguidores y un acérrimo estudioso de su poética, aunque nunca tuve la dicha ni la potra de conocerlo en persona.

 

Así que el dardo envenenado de Las pasas me cogió descolocado. Era la primera pinta de la noche y yo acostumbraba a pimplarme media docena en una soporífera noche de miércoles como aquella; hecho que descartaba cualquier tipo de desconexión sináptica de los electrodos de mi cerebro.

 

De modo que continué removiendo los sedimentos de la conversación y descubrí que mi singular compañero de libaciones había compartido la hora del té -esa anglófila manía del ilustre ciego- con el mismísimo Jorge Luis y su núbil esposa, María Kodama, a la que apodaba La Parásita con la lengua encasquillada por el alcohol.

 

No soy persona que preste atención a chismes y acechanzas personales. Tampoco el estado de salud de aquel individuo daba mucho crédito a sus palabras, pero seguí tirándole de la lengua y terminé por convencerme de que aquel borrachín mentiroso había estado, efectivamente, en el salón de Jorge Luis compartiendo con él uno de sus rituales más íntimos y sagrados entre azucaradas pastas y tazas de porcelana que el propio Jorge Luis había adquirido de un comerciante venido del País del Sol Poniente. A los argentinos la región remota de la China les queda más cerca por la ruta del Pacífico.

 

Entre burlas y chirigotas de mi beodo acompañante, al final caí en la cuenta de que estábamos hablando de Borges distintos. Sin duda había sido huésped de Jorge Luis, pero el Borges al que se refería era un Borges vulgar y ramplón, como así pude comprobar cuando sacó de la sucia chaqueta de alpaca ametrallada de lamparones, que llevaba sobre los hombros como un aspirante a la tuna universitaria, una bolsa arrugada de chucherías que contenía diminutos trozos de uvas maduras de dudoso origen corintio.

 

Aquel Borges era un esquirol de la verdadera genealogía borgiana que había desdeñado la literatura y había preferido vender su alma al mercadeo de frutos secos y a difundir entre la población mundial una dieta hipercalórica y alta en grasas monoinsaturadas.

 

En cambio, el mío era un Borges genuino, intelectual, de mirada altiva a pesar de su ceguera. Los hidratos de carbono de su poética me elevaban los triglicéridos del alma hasta los límites del espasmo cada vez que releía alguno de sus párrafos antológicos de conocimiento o de eso que algunos casposos eruditos denominan, con ampulosidad, calidad de página.

 

Al jodido borrachín no le interesaba en absoluto la persona de Borges, mucho menos su carrera y fama literarias. Mientras terminaba de comerse el aperitivo borgiano, me confesó que estaba confabulado con la Kodama para reeditar las obras de Jorge Luis en comandita, alegando que el viejo no había escrito una sola línea después de que se apagara la luz de sus ojos y que había sido María, en realidad, la autora de aquellos últimos pero magníficos libros de relatos, como El libro de arena o El informe Brodie.

 

La explicación era muy sencilla: mientras el marido dictaba poemas absurdos de una retórica skaekesperiana infumable, la abnegada esposa, por su cuenta, iba tomando nota y forjando esos magníficos ensayos literarios y cuentos fantásticos e inverosímiles, “fuera del alcance de las meninges de un aspirante a vendedor de cupones”, según palabras de mi deslenguado interlocutor.

 

Al parecer La Parásita -así nombraba a la Kodama paladeando el apodo con gregario cariño- se había servido de la fama de su huésped para iniciar la publicación de una obra extensa e inédita de escritora novel a la que nadie había hecho caso hasta ese momento.

 

Sin embargo ahora, de gira por España con motivo de la celebración de no sé qué efemérides y homenajes, había aprovechado para sondear entre diversas editoriales la posibilidad de reeditar la obra de Jorge Luis bajo el apellido Kodama, para lo cual poseía documentos irrefutables que le iban a servir para llevarse de calle el que se augura ya como Juicio del siglo.

 

A punto de mearse encima, mi repelente socias empezó a burlarse de Jorge Luis con obsceno descaro. Para él, Jorge Luis no existía como escritor, siempre estuvo rodeado de sospechosos amigos y colaboradores como Bioy Casares o Margarita Guerrero. “El Borges escritor es un espejismo”, se ufanaba. “Nunca llegó a existir tal personalidad, al igual que nunca existió ningún Homero”.

 

Llegados a este punto lo paré en seco. Discutimos largamente esta cuestión y a punto estuve de darle una somanta de palos con el bate que guarda todo barman que se precie bajo el mostrador, pues yo siempre estuve afiliado a la corriente integrista que defiende la existencia del aedo jonio. Pero aquel mamarracho apestando a orines insistía en que lo único que unían a Borges y a Homero era el mismo oftalmólogo.

 

La conversación fue decantándose paulatinamente del sereno debate hacia la discusión efusiva y a punto estuvo de terminar en algarabía de coscorrones porque no existía ningún bate bajo el mostrador. Al final reinó la cordura y pospusimos el airado debate para cuando regrese la Kodama de su gira europea.

 

Estoy invitado a tomar el té, al que le han cambiado la hora tradicional por la de las tinieblas de la medianoche (en homenaje a Jorge Luis). Será en casa de La Parásita y quién sabe si la comandita editorial se convertirá en trío calavera.

 

Por si acaso, he mandado a reencuadernar mis Obras Completas de Jorge Luis con el nombre de su nuevo autor impreso con letras de oro en la bisectriz de la portada.

 

 

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