El Puma

February 6, 2017

 

Cada noche, el Puma llegaba a la terraza con su camisa descapotable, enseñando el pechito corona, pedía un cubata y se acodaba en una esquina de la barra a ver pasar las pibas y el verano. Llegaba siempre a las diez en punto y era el último en cerrar el negocio.

 

El Puma era uno de esos tipos de los que van quedando pocos, pues han ido cediendo su territorio a otras faunas urbanas, como esos niñatos ataviados con la segunda piel de la estrella futbolística de turno. 

 

Las terrazas de verano no eran el lugar de maniobras apropiado para el Puma. En otros tiempos, solía desenvolverse mejor en las verbenas populares. Apuntalaba con su esqueleto desgarbado las esquinas de los ventorrillos y desde allí mismo bailaba con todas las pibas y se ligaba a las más guapas del lugar; todo ello sin levantar el codo del mostrador y sin soltar el cubata. 

 

Pero ya en los pueblos no se hacen fiestas como las de antes, porque los jóvenes del lugar prefieren las terrazas veraniegas al quiosco de la música, el reguetón al pasodoble o la estrella de rock foránea a los cuatro amigachos que se juntan a tocar música ligera. 

 

Lo cierto es que el Puma ligaba poco, aunque él tampoco hacía mucho para que  la suerte le cambiara. Parado en la esquina de la barra, como un altavoz con patas, parecía que formara parte del decorado y no despertaba más que la hilaridad de quienes ya lo conocían.

 

-Mueve el culo, Puma… Que el mostrador no se va a caer.

 

-Aquí estoy bien -respondía indiferente mientras agitaba el vaso al compás de la música. 

 

La basca no comprendía la filosofía del Puma con respecto al sagrado arte del ligoteo. La clave consistía en mostrar el género, pero sin tocar. 

 

El Puma lucía cada noche sus galas: la melena larga y ondulada como las greñas de un león; la camisa estampada, abierta hasta los tobillos, enseñando el pechito corona sobre el que descansaba una cruz de Caravaca; el pantalón de tergal convenientemente ajustado a la altura de la hombría y los mocasines blancos como una luna de charol.

 

-Oye, Puma, que los tiempos del Travolta ya pasaron. 

 

-Yo así estoy bien. Ustedes no tienen ni idea -respondía el Puma aferrado a su estilo. 

 

El Puma les picaba el ojo a todas las pibas que escalaban hasta la barra y ellas le devolvían una sonrisa esmaltada de cocodrilo que el Puma agradecía abonando la consumición con donjuanesca desgana. 

 

-Lo que pasa es que no me gusta abusar -el Puma era muy considerado con los competidores que le nacían cada noche en aquella jaula musical. 

 

Por eso dejaba que el populacho se disputara las minucias, pues para él se reservaba lo realmente importante: el reconocimiento de la multitud de que las tenía a todas en el bote y la tranquilidad de quien sabe que con sólo chasquear un par de dedos las tendría a todas a sus pies.

 

 

 

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